sábado, 3 de diciembre de 2011

maldito armario

que soy mujer, que amo a otra mujer y que soy feliz, y que me gusta cómo vivo y con quién vivo, y que no me escondo de ser como soy porque me siento con todo el derecho como ser humano de querer y ser querida, y que reclamo ese derecho para mí y para todas las lesbianas.


Y si crees que eso es fácil para cualquiera de las que allí estarán esta tarde, te equivocas. Ninguna de las activistas te dirá que es cómodo, sencillo, indoloro, ser lesbiana visible. Pero seguro que todas te diríamos que mucho peor es no asumirlo, no admitir quién eres, estar dentro del dichoso y castrante armario en el que todas, alguna vez, hemos habitado.


Maldito armario alienante, torturador, dañino, represivo. ¿De verdad estás cómoda en él? ¿De verdad te sientes a salvo del mundo, de sus críticas, de sus insultos, de su desprecio? ¿O acaso es que el armario te hace sorda, ciega, muda, catatónica y autista con lo que sucede a tu alrededor? Entérate de una vez: eres infeliz (escúchate, por favor) No eres libre. Vives presa del qué dirán, del miedo al desprecio, del miedo a la lesbofobia… y no te das cuenta que tú misma, con tu actitud, estás fomentando esa situación.
Salir del armario duele, ¡vaya que si duele! Te lo dice alguien que fue expulsada de su familia, que vagó por la ciudad de Valencia con tal trauma de desarraigo familiar, de origen, de pertenencia, de soledad, que me duele aún pensar en ello a pesar de los años transcurridos… Pero ¡joder, por fin era yo, por fin hablaba conmigo misma, por fin me escuchaba, por fin corazón y cerebro funcionaban sincronizadamente y me pertenecían! Bienvenida a ti misma, bollera, ¿qué tal si empezamos a conocernos? Libertad, bendita libertad…
Durante años temí que en mi trabajo alguien me señalase con el dedo y me dijese “¡Bollera de mierda!” Me hubiese derrumbado, me hubiese dolido tanto que no quiero imaginar cómo hubiese reaccionado… Se llama autoestima, y las lesbianas armarizadas la tenemos por los suelos. No nos deja desarrollarnos como personas, nos castra nuestros sentimientos, nos machaca la moral, no nos deja rendir en el trabajo, en los estudios, nos tiene subyugadas en la creencia de que somos seres inferiores, indignas del cariño de los nuestros, incapaces de ser felices si nos mostramos tal y como somos… Y todo fundamentado en la errónea creencia de que haremos daño a los que queremos si reconocemos que somos lesbianas. ¿Que acaso no hacemos daño con nuestra vida oculta, amargada por la incapacidad de desarrollarnos, de crecer, de amar abiertamente? ¿Tan insensible es nuestra familia, nuestros amigos, nuestros compañeros, que no perciben nuestra amargura, nuestro dolor?

Los que te quieran de verdad ahora, te seguirán queriendo (más aún) siendo tú misma. Los que te dejen de querer por ser lesbiana, nunca te quisieron. Querían a otra que no eres tú. Deja de autoengañarte. Lo que pudieras perder, ya lo has perdido. Lo que puedes ganar, ¡amiga mía!, no tiene precio. Merece la pena arriesgarse, dar el paso. Sé feliz, por favor. Quiérete un poquito. Respétate y hazte respetar. Tú mereces la pena.
El armario ahoga, mata lentamente, reduce nuestra autoestima hasta límites que sólo tú y yo sabemos. Cabeza baja y mirada esquiva, escudo y parapeto para evitar el juicio del resto del mundo que pasa por nuestro lado, prejuzga, juzga y sentencia antes de que tú puedas hacer el mínimo gesto de rebeldía, de autoafirmación, de aceptación y manifestación de que vives, que eres y quieres ser, que te levantas cada mañana queriendo vivir feliz, a gusto contigo misma y con quien te rodea…
El armario nos hace invisibles al mundo, a la sociedad a la que (queramos o no) pertenecemos. Y esa invisibilidad (disfrazada de anestesia contra el dolor propio y ajeno) se convierte en nuestro peor enemigo. No ser visibles, reconocibles, públicas, nos anula, nos elimina de la sociedad, nos deja en la nada. Ni somos ni existimos, por tanto,  no tenemos derecho a ser, a existir, a manifestar nuestro amor, nuestra forma de entender la vida, de vivir y amar, de pensar… Somos seres humanos, personas, mujeres. 
Nacimos o nos hicimos lesbianas, ¿qué más da? El caso es que estamos aquí, y queremos ser felices, y vivir según nuestra forma de entender la vida. No entiendo por qué querer ser feliz puede convertirse en amenaza para nadie, en asunto de Estado, en bandera de la intolerancia, en negación de un ser humano…

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